jueves, 17 de enero de 2013

Como un imán, mis manos entre su vestido.

Yo, como cada noche, acababa de llegar. Ella siempre esperaba sentada, mirando el cielo que desde allí se tornaba naranja, rosáceo. Le colgaban las piernas precipicio abajo. Como siempre, llevaba uno de esos vestidos de muñeca de porcelana y en su corta melena azabache se podían descubrir algunos cabellos que se dejaban acariciar y arrastrar por la brisa que siempre mecía aquellos andamios.

Creo que ni una sola vez la miré sin pensar en la cara de tonta que debía tener, pero yo solo miraba, atónita, curiosa y encantada, a veces ella me sonreía dulcemente como saludo, yo me limitaba a sentarme a su lado y dejar resbalar mis piernas al vacío, solo entonces podía ver aquel gran libro de tapas de cuero marrón y detalles dorados adornando el lomo y tapas que reposaba sobre sus muslos. No mediábamos palabra, nos ceñíamos al guión que establecimos en el primer encuentro. Ella abría el libro y comenzaba a leer, y sé que su voz me hipnotizaba pero no consigo recordar, lo intento pero solo veo el danzar de sus labios bajo los últimos rayos de Sol del día. Yo escuchaba estática su narración hasta que ella concluía cerrando el libro, y como una gota de rocío mi cuerpo se deslizaba por la estructura hasta precipitarse al vacío, entonces los intrusos rayos de luz me despertaban.
Nunca la puse nombre, ni recuerdo sus facciones, se fue de mis sueños y con ella todas las respuestas pero nunca olvidaré la calidez de esas noches que se presentaban como atardeceres.