La pintura de aquel pálido edificio era consumida por los inviernos como la juventud de Rubén Darío. Recuerdo una puerta pesada, con barrotes negros y detalles dorados anteponiendose al espejo que terminaba de forjarla; también se anidan en mi memoria imágenes de ventanas con cristales quebrados y balcones a los que no llegaba la luz del Sol.
En lo alto del edificio se encontraba mi balcón, el balcón en el cual se reían de mí las musas y, como rayos de luna, me abrazaban; los baldosines, contagiados por el tantas veces allí escuchado Joaquín Sabina, se veían rotos como su voz y de éstos subían varillas de bambú seco hasta la barandilla, por la que hasta en primavera caían flores, en concordancia con el bambú, secas; en ella, cada noche, se veían dos ojos felinos, incisivos y hechizados; había un par de cuerdas que cruzaban el balcón, y en las que ondeaba ropa casi siempre, menos cuando lloraban las nubes grises; y allí mismo, presidiendo 'el sitio de mi recreo', se hallaba una vetusta banqueta de madera con un par de clavos hirientes y un chirriante ruido cada vez que me sentaba en ella para contemplar el centro de mi universo y la calle más gris del mundo; allí no verías niños jugar ni cantar, ni caminar apesadumbrados siquiera; solo un puñado de viejos que se mantenían ebrios en un intento de alejar sus demonios de esos corazones de porcelana mal embalada. La gente caminaba con bostezos desidiosos, desidiosos y repulsivos, repulsivos y contagiosos. Aquel lugar era más desolador que el viento de manos del otoño; hasta los coches que formaban interminables filas a orillas de la carretera eran grises y negros. Era la calle de los solitarios, de los olvidados de la mano de Dios y la mía. Era un sitio horrible, pero allí eché mis raíces, y ahora que las he cortado, pierdo mi vida entre caricias.
domingo, 26 de enero de 2014
Reedición a la puerta de un bar.
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