Dila que solo quiero que Proust me muerda. Que, a veces, me canso de imaginar un mundo paralelo en el que me vuelvo uno de esos tipos con gabardina. Y que, tal vez, solo tenga sueño, un sueño o un par de ellos. La suplico desde mis adentros e intento callarme y, para mi desgracia, lo consigo. Gritan mis dientes y una bandada de pájaros me sobrevuela. Seré demasiado irritante para su voz. Escucharé como habla de mí, por la radio, con una canción de esas tristes que no le gustan a nadie más que a los que se ocultan tras una tristeza crónica, de esos que te miran y te hablan. Y despertaré. Un instante y volveré a leer los ingredientes de los cereales en portugués, parece que esto ha llegado a un punto muerto. Quiero que me empuje, que no hay otra manera. Calla, joder, acabaré comprandome un libro de autoayuda para leerme mientras me hago un sandwich vegetal. Sí, vegetal...
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