Confía en mí, que te quiero; que si me abrazas, cuando
alguna lágrima baila por mi mejilla, se me ensancha el corazón. Puede que la
ciudad sea pequeña y se vuelva algo gris cuando entran las noches largas,
cuando se atrincheran los momentos de Sol, cuando hace ese frío que te enrojece
la nariz y te congela las yemas de los dedos pero tú no dejas de reír, nunca lo
haces, siempre te mantienes fuerte porque oye, tú puedes con lo que se te eche
y si no, recuerda que yo estoy contigo, que no te diré para siempre pero
sí que mientras tanto serás mi recuerdo favorito, mi pedazo
más lleno de vida, mi ocio de la temporada de exámenes y la única tempestad de
la que no esperaré la calma. Y es cierto, que para lo que hay que ver, prefiero
decirte unas cuantas bobadas y que te rías, que la acción sea recíproca y bajar
de las nubes, subirnos a un árbol que es un buen punto medio para mirarlo todo
riendo y ser consciente del rompecabezas de cada día. Recuerda que en el fondo
te quiero, también a flor de piel, te quiero cuando nieva y cuando me muero de
calor, cuando me muero de miedo y cuando me abrazas, te quiero.
Dicho esto, adiós.
Lo siento, fue mi gato.
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