A veces simplemente no puedes llegar a amar y eso es mágico.
Era denoche, siempre denoche, parece un patrón marcado, pero solo se trata de la bendita escasez del tiempo, que nunca está de mi lado. Estaba preciosa y su risa sonaba como una noche de lluvia en Venezia, hablaba sobre amores y miedos que se esfumaban, historias de esas que resquebrajan, fuera hacía frío y silvaba el aire entre las ventanas. Ella seguía hablando y a mí se me agotaban las palabras. Una situación visceral y en mi mente mis párpados caían como si fuesen de plomo. Pensaba en que tenía unos lábios bonitos y poco más. Pero de repente una idea iluminó mi mente. La diferencia era nuestro signo de identidad, nuestro puñal y nuestro lazo. En ese momento pensé que solo era cuestión de tiempo perdernos en lo infinito del olvido. Pensé en quererla hasta que llegase el momento de amar y ahí, au revoir. Así que la besé y sonreí.
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