sábado, 13 de julio de 2013

¿Seguimos vivas?

Oniria se sentaba en el alfeizar de mi ventana, con un par de estrellas enredadas en el pelo, casi desnuda y misteriosa. Abría las ventanas como una ráfaga de aire frío y se abalanzaba sobre mí como la mar enfurecida, se quedaba mirándome con una sonrisa dulce  y amargamente socarrona, a veces paseaba de un lado a otro de mi dormitorio sobre las puntas de sus pies descalzos. Era blanca, de ojos vacíos, mirada perdida, los labios como plumas de un flamenco, el pelo de un rubio cenizo que se podría asemejar a los rayos de Sol atravesando las nubes de un día de lluvia, y las manos parecían, a cada movimiento, confundirse con el aire, se jactaban de la belleza de lo efímero, con ellas me envolvía en el hastío, me acercaba al agotamiento y por último me hacía perderme en su paraíso, en mis sueños. A veces creía padecer el síndrome de Stendhal, siempre tan preciosa... tan odiosamente preciosa... pero me pregunto qué hará ahora mi querida, ahora que toda su alegría se atrinchera entre mis sábanas.

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