Todo transcurrió en un vagón de tren, Italia el país y Verona el destino. Me situé en el primer asiento que encontré libre junto a mi prima, posé mi cabeza sobre el respaldo del asiento, me pusé los cascos, pulsé play y comenzé a observar un paisaje que nunca más podria admirar. Tras media hora pensando en los maravillosos lugares que conocería decidí cambiar de campo de visión y bajar de las nubes, eché un vistazo a los pasajeros de vagón y hubo alguien que llamó mi atención, un chico de pelo liso y negro, con los ojos rasgados y una sonrisa muy blanca, era delgado y alto. Aun sigo sin entender porque pero no podía apartar la mirada de él, me parecía fascinante cada cosa que hacía, ¡hasta se me había olvidado la visita a casa de Giulietta!. Me miró, me puse nerviosa, me había pillado y no aparté la mirada, -de perdidos, al río- pensé. Supongo que le intimidaba el saber que le estaba mirando sin ningún tipo de pudor ni disimulo, a veces me miraba disimuladamente pero apartaba rápidamente la mirada hacia la ventanilla, de nuevo, al saber que seguía mirándole atónita. El tren paró y él bajó despidiéndose, para mi sorpresa, con una sonrisa. Aun se me eriza el vello cuando le recuerdo.
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