sábado, 13 de julio de 2013
¿Seguimos vivas?
Oniria se sentaba en el alfeizar de mi ventana, con un par de estrellas enredadas en el pelo, casi desnuda y misteriosa. Abría las ventanas como una ráfaga de aire frío y se abalanzaba sobre mí como la mar enfurecida, se quedaba mirándome con una sonrisa dulce y amargamente socarrona, a veces paseaba de un lado a otro de mi dormitorio sobre las puntas de sus pies descalzos. Era blanca, de ojos vacíos, mirada perdida, los labios como plumas de un flamenco, el pelo de un rubio cenizo que se podría asemejar a los rayos de Sol atravesando las nubes de un día de lluvia, y las manos parecían, a cada movimiento, confundirse con el aire, se jactaban de la belleza de lo efímero, con ellas me envolvía en el hastío, me acercaba al agotamiento y por último me hacía perderme en su paraíso, en mis sueños. A veces creía padecer el síndrome de Stendhal, siempre tan preciosa... tan odiosamente preciosa... pero me pregunto qué hará ahora mi querida, ahora que toda su alegría se atrinchera entre mis sábanas.
Intentaba rasgarte
La noches es algo fría para ser verano, de un negro conmovedor y, seamos sinceros, estar en el Cid le da vía libre a mi melancolía. ¿Has sentido alguna vez como si te agarrasen el corazón con una mano y apretasen tanto que éste se escurriese entre los dedos? Como si solo fueses un ruido molesto, una lluvia de cristalitos que cae sobre la roca, de cristalitos que rebotan, que se rompen.
domingo, 24 de febrero de 2013
Invítame a soñar.
A veces simplemente no puedes llegar a amar y eso es mágico.
Era denoche, siempre denoche, parece un patrón marcado, pero solo se trata de la bendita escasez del tiempo, que nunca está de mi lado. Estaba preciosa y su risa sonaba como una noche de lluvia en Venezia, hablaba sobre amores y miedos que se esfumaban, historias de esas que resquebrajan, fuera hacía frío y silvaba el aire entre las ventanas. Ella seguía hablando y a mí se me agotaban las palabras. Una situación visceral y en mi mente mis párpados caían como si fuesen de plomo. Pensaba en que tenía unos lábios bonitos y poco más. Pero de repente una idea iluminó mi mente. La diferencia era nuestro signo de identidad, nuestro puñal y nuestro lazo. En ese momento pensé que solo era cuestión de tiempo perdernos en lo infinito del olvido. Pensé en quererla hasta que llegase el momento de amar y ahí, au revoir. Así que la besé y sonreí.
Era denoche, siempre denoche, parece un patrón marcado, pero solo se trata de la bendita escasez del tiempo, que nunca está de mi lado. Estaba preciosa y su risa sonaba como una noche de lluvia en Venezia, hablaba sobre amores y miedos que se esfumaban, historias de esas que resquebrajan, fuera hacía frío y silvaba el aire entre las ventanas. Ella seguía hablando y a mí se me agotaban las palabras. Una situación visceral y en mi mente mis párpados caían como si fuesen de plomo. Pensaba en que tenía unos lábios bonitos y poco más. Pero de repente una idea iluminó mi mente. La diferencia era nuestro signo de identidad, nuestro puñal y nuestro lazo. En ese momento pensé que solo era cuestión de tiempo perdernos en lo infinito del olvido. Pensé en quererla hasta que llegase el momento de amar y ahí, au revoir. Así que la besé y sonreí.
jueves, 17 de enero de 2013
Como un imán, mis manos entre su vestido.
Yo, como cada noche, acababa de llegar. Ella siempre esperaba sentada,
mirando el cielo que desde allí se tornaba naranja, rosáceo. Le colgaban las
piernas precipicio abajo. Como siempre, llevaba uno de esos vestidos de muñeca
de porcelana y en su corta melena azabache se podían descubrir algunos cabellos
que se dejaban acariciar y arrastrar por la brisa que siempre mecía aquellos
andamios.
Creo que ni una sola vez la miré sin pensar en la cara de tonta que debía
tener, pero yo solo miraba, atónita, curiosa y encantada, a veces ella me
sonreía dulcemente como saludo, yo me limitaba a sentarme a su lado y dejar
resbalar mis piernas al vacío, solo entonces podía ver aquel gran libro de
tapas de cuero marrón y detalles dorados adornando el lomo y tapas que reposaba
sobre sus muslos. No mediábamos palabra, nos ceñíamos al guión que establecimos
en el primer encuentro. Ella abría el libro y comenzaba a leer, y sé que su voz
me hipnotizaba pero no consigo recordar, lo intento pero solo veo el danzar de
sus labios bajo los últimos rayos de Sol del día. Yo escuchaba estática su
narración hasta que ella concluía cerrando el libro, y como una gota de rocío
mi cuerpo se deslizaba por la estructura hasta precipitarse al vacío, entonces
los intrusos rayos de luz me despertaban.
Nunca la puse nombre, ni recuerdo sus facciones, se fue de mis sueños y
con ella todas las respuestas pero nunca olvidaré la calidez de esas noches que
se presentaban como atardeceres.
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