No sé si lo sabes pero te echo realmente de menos; quiero decir que me cuesta mucho imaginarme diciembre sin ti, el invierno sin ti. Me imagino el paisaje: la nieve cae y se acumula sobre el pavimento y la hierba, el vaho sale de las bocas de la gente e incluso hay algún adorno navideño de los que duran hasta febrero, también me imagino a mí y, sin yo quererlo y repentinamente, apareces tú como un antojo de mi mente, caminando hacia mí de esa forma tan rara, con tu precioso pelo bajo un gorro y una bufanda, sonriendo y saludando con la mano. He probado a cambiar de época y lugar pero es así con cada estación, con cada mes, con cada día y con cada sitio.
Me jode darme cuenta de que no eres tú quien enciende la luz de tu cuarto y que quien llama a mi casa el sábado por la tarde no va a querer revolver mi armario para ver que se pone.
martes, 11 de noviembre de 2014
La Loba dejó al León.
jueves, 18 de septiembre de 2014
Hogar, dulce hogar.
de flores y en tonos pastel
sobre un suelo sucio y horrible
y cuando sufre algún daño
no la limpio, no la arreglo,
duermo en ese mismo lugar
mañanas, tardes y noches;
y desaparece el daño,
tal vez me acostumbro a él.
A veces me asusto y lloro
porque empieza a verse el suelo
y pierdo mi valentía
mientras arrastro un mueble sin
mirar, no me atrevo a mirar
y cae el polvo sobre el mueble
mientras mi sangre mancha la
moqueta de flores pastel.
domingo, 18 de mayo de 2014
Chumy.
A veces me imagino saltando al vacio desde la terraza de mi cocina, cortandome las venas en un escenario o muriendome narcotizada y lentamente. A veces me imagino sin querer a nadie, sin luchar por nadie, sin acordarme de nadie. A veces me imagino pálida, frágil, débil, orgullosa y moribunda. A veces me imagino sola y feliz. A veces imagino mis visceras en la calzada, mi sangre manchando mi vestido y salpicando al público u oyendo lejanas las voces de la gente mientras sonrio inevitablemente. Pero el jodido instinto de supervivencia puede conmigo. Solo me queda pedirte que vengas a pudrirte conmigo en mi salón.
jueves, 27 de febrero de 2014
Ángel azul marino.
–Dios nos hace como somos, – Dice mi abuela. –no son las vivencias, tú no eres una niña triste por ser desgraciada, tu eres desgraciada porque Dios te quiso fuerte.
Pero a veces me gustaría no ser triste, ni desgraciada, ni siquiera fuerte, a veces me gustaría ser una chica católica y dormir lejos de la incertidumbre y no pasar más penitencia que crear una hora de ocio los domingos.
Pero yo no soy así, a mí no me hizo Dios, ni espera de mí que rece al acostarme, a mí me hizo el destino y solo espera que sobreviva a una vida sin pilas.
domingo, 26 de enero de 2014
Reedición a la puerta de un bar.
La pintura de aquel pálido edificio era consumida por los inviernos como la juventud de Rubén Darío. Recuerdo una puerta pesada, con barrotes negros y detalles dorados anteponiendose al espejo que terminaba de forjarla; también se anidan en mi memoria imágenes de ventanas con cristales quebrados y balcones a los que no llegaba la luz del Sol.
En lo alto del edificio se encontraba mi balcón, el balcón en el cual se reían de mí las musas y, como rayos de luna, me abrazaban; los baldosines, contagiados por el tantas veces allí escuchado Joaquín Sabina, se veían rotos como su voz y de éstos subían varillas de bambú seco hasta la barandilla, por la que hasta en primavera caían flores, en concordancia con el bambú, secas; en ella, cada noche, se veían dos ojos felinos, incisivos y hechizados; había un par de cuerdas que cruzaban el balcón, y en las que ondeaba ropa casi siempre, menos cuando lloraban las nubes grises; y allí mismo, presidiendo 'el sitio de mi recreo', se hallaba una vetusta banqueta de madera con un par de clavos hirientes y un chirriante ruido cada vez que me sentaba en ella para contemplar el centro de mi universo y la calle más gris del mundo; allí no verías niños jugar ni cantar, ni caminar apesadumbrados siquiera; solo un puñado de viejos que se mantenían ebrios en un intento de alejar sus demonios de esos corazones de porcelana mal embalada. La gente caminaba con bostezos desidiosos, desidiosos y repulsivos, repulsivos y contagiosos. Aquel lugar era más desolador que el viento de manos del otoño; hasta los coches que formaban interminables filas a orillas de la carretera eran grises y negros. Era la calle de los solitarios, de los olvidados de la mano de Dios y la mía. Era un sitio horrible, pero allí eché mis raíces, y ahora que las he cortado, pierdo mi vida entre caricias.