Recuerdo las yemas de tus dedos acariciandome la espalda, cada una de ellas era una estación que me recorría desde el culo hasta la nuca; y con tu pulgar, húmedo de acariciar tus labios, jugabas a memorizar mi columna vertebral, yo me sentía como una rosa con el rocío de la mañana, como la Tierra sujetando los océanos.
Tú me conocías bien y por eso nunca me hacías el desayuno y te marchabas -o me echabas- antes de comer; me decías que odiabas el sabor amargo del café, el sabor a óxido del zumo de naránja de brick y que la leche te devolvía a los traumas de tu infancia, así que yo solo te llevaba agua por las mañanas.
Nos gustaba dormir con la persiana subida y taparnos los ojos con las sábanas cuando nos empezaba a acosar el intenso Sol. Me mirabas y a veces llorabas sin desmaquillarte, decías que era la alergia a mi gata, pero yo prefería imaginar que habías soñado que me iba y que me echabas de menos.
Acabamos de entrar en primavera y he recibido tu postal de navidad, dices que no sientes no haberte despedido, que siendo sincera no te enamoraste y que fue precioso. Si hubiese remite te escribiría diciéndote que creí odiarte cuando en realidad te quería y me dolían las vértebras y que cuando te fuiste de esta ciudad te llevaste tu lluvia y ahora todas las calles están secas. Ya no crecen margaritas.
martes, 31 de marzo de 2015
Blanca
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