miércoles, 16 de mayo de 2012

Sin él no hay tempestad ni calma.

Los dos sabíamos lo que iba a pasar pero no hicimos nada, alguna mirada de complicidad, algunas uñas mordidas pero poco más... ¡¿Qué diablos nos pasaba?!. Estábamos viendo como todo aquello pasaba por delante de nuestras narices y no hicimos nada... Como hacemos con todo lo importante nos quedamos quietos, esperando que cualquier otro lo resolviese, como si con nosotros no fuese la cosa.A veces cerrábamos los ojos con fuerza, esperando que fuese un domingo como otro cualquiera, viendo una película de sobremesa después de una comida en familia; pero estábamos allí, frente a frente, llorando, estremeciéndonos, caíamos hacia el fondo como peces de plomo, ninguno se atrevía a hablar, ni si quiera a hacer ruido. Estába muerto. Y nosotros éramos quienes lo habíamos hecho estallar, quienes le habíamos destruido con todas nuestras fuerzas. Y le habíamos matado porque le odiábamos, le odiábamos por los días que nos había manipulado a su antojo, por su alma que carecía de maldad. Le odíabamos como nadie podría haberlo hecho antes, por estar siempre ahí y por haberse reído de nosotros. Le odiábamos tanto que queríamos resucitarle, solo por el miedo. Teníamos el corazón a punto de estallar. Y veíamos nuestras miradas observando la nada, nuestras lágrimas mezclándose con su sangre. Un asesinato tan metafísico que nadie lo entendía. Ya no había ganas de seguir el show, pero éramos tan culpables...
Ahora perdemos la conciencia cuando le vemos resucitándo en los cuerpos de otros amantes que tarde o temprano le enterrarán. Amor, querido mío, tu vida me hace libre y a ella me entrego, porque al fin comprendí que sin ti no hay futuro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario