jueves, 27 de febrero de 2014

Ángel azul marino.

        Porque me crie desayunando con Malcolm in the Middle; comiendo con Los Simpsons y cenando filetes de lomo; porque le corté el pelo a la Barbie y le puse vaqueros cuando Billy Elliot reventó mis clichés; porque me enamoré de Chavela Vargas con ocho años; porque mi tío, el eterno solterón, se enamoró de un camarero en la costa catalana y nunca más lo volvió a hacer; porque mi respetable padre le llamó maricón y porque yo dejé de ser la niña de sus ojos; porque él nunca se convirtió en mi héroe y porque mis padres dormían en la mañana de reyes; por todo eso creo que duermo con un gato negro entre las piernas, por eso odio los malditos circos, por eso suelo besar los mismos corazones que me hacen llorar, por eso alzo los brazos cuando llueve, por eso no tengo ocio de los domingos.
–Dios nos hace como somos, – Dice mi abuela. –no son las vivencias, tú no eres una niña triste por ser desgraciada, tu eres desgraciada porque Dios te quiso fuerte.
Pero a veces me gustaría no ser triste, ni desgraciada, ni siquiera fuerte, a veces me gustaría ser una chica católica y dormir lejos de la incertidumbre y no pasar más penitencia que crear una hora de ocio los domingos.
Pero yo no soy así, a mí no me hizo Dios, ni espera de mí que rece al acostarme, a mí me hizo el destino y solo espera que sobreviva a una vida sin pilas.

domingo, 26 de enero de 2014

Reedición a la puerta de un bar.

La pintura de aquel pálido edificio era consumida por los inviernos como la juventud de Rubén Darío. Recuerdo una puerta pesada, con barrotes negros y detalles dorados anteponiendose al espejo que terminaba de forjarla; también se anidan en mi memoria imágenes de ventanas con cristales quebrados y balcones a los que no llegaba la luz del Sol.
En lo alto del edificio se encontraba mi balcón, el balcón en el cual se reían de mí las musas y, como rayos de luna, me abrazaban; los baldosines, contagiados por el tantas veces allí escuchado Joaquín Sabina, se veían rotos como su voz y de éstos subían varillas de bambú seco hasta la barandilla, por la que hasta en primavera caían flores, en concordancia con el bambú, secas; en ella, cada noche, se veían dos ojos felinos, incisivos y hechizados; había un par de cuerdas que cruzaban el balcón, y en las que ondeaba ropa casi siempre, menos cuando lloraban las nubes grises; y allí mismo, presidiendo 'el sitio de mi recreo', se hallaba una vetusta banqueta de madera con un par de clavos hirientes y un chirriante ruido cada vez que me sentaba en ella para contemplar el centro de mi universo y la calle más gris del mundo; allí no verías niños jugar ni cantar, ni caminar apesadumbrados siquiera; solo un puñado de viejos que se mantenían ebrios en un intento de alejar sus demonios de esos corazones de porcelana mal embalada. La gente caminaba con bostezos desidiosos, desidiosos y repulsivos, repulsivos y contagiosos. Aquel lugar era más desolador que el viento de manos del otoño; hasta los coches que formaban interminables filas a orillas de la carretera eran grises y negros. Era la calle de los solitarios, de los olvidados de la mano de Dios y la mía. Era un sitio horrible, pero allí eché mis raíces, y ahora que las he cortado, pierdo mi vida entre caricias.

sábado, 13 de julio de 2013

¿Seguimos vivas?

Oniria se sentaba en el alfeizar de mi ventana, con un par de estrellas enredadas en el pelo, casi desnuda y misteriosa. Abría las ventanas como una ráfaga de aire frío y se abalanzaba sobre mí como la mar enfurecida, se quedaba mirándome con una sonrisa dulce  y amargamente socarrona, a veces paseaba de un lado a otro de mi dormitorio sobre las puntas de sus pies descalzos. Era blanca, de ojos vacíos, mirada perdida, los labios como plumas de un flamenco, el pelo de un rubio cenizo que se podría asemejar a los rayos de Sol atravesando las nubes de un día de lluvia, y las manos parecían, a cada movimiento, confundirse con el aire, se jactaban de la belleza de lo efímero, con ellas me envolvía en el hastío, me acercaba al agotamiento y por último me hacía perderme en su paraíso, en mis sueños. A veces creía padecer el síndrome de Stendhal, siempre tan preciosa... tan odiosamente preciosa... pero me pregunto qué hará ahora mi querida, ahora que toda su alegría se atrinchera entre mis sábanas.

Intentaba rasgarte

La noches es algo fría para ser verano, de un negro conmovedor y, seamos sinceros, estar en el Cid le da vía libre a mi melancolía. ¿Has sentido alguna vez como si te agarrasen el corazón con una mano y apretasen tanto que éste se escurriese entre los dedos? Como si solo fueses un ruido molesto, una lluvia de cristalitos que cae sobre la roca, de cristalitos que rebotan, que se rompen.

domingo, 24 de febrero de 2013

Invítame a soñar.

A veces simplemente no puedes llegar a amar y eso es mágico.
Era denoche, siempre denoche, parece un patrón marcado, pero solo se trata de la bendita escasez del tiempo, que nunca está de mi lado. Estaba preciosa y su risa sonaba como una noche de lluvia en Venezia, hablaba sobre amores y miedos que se esfumaban, historias de esas que resquebrajan, fuera hacía frío y silvaba el aire entre las ventanas. Ella seguía hablando y a mí se me agotaban las palabras. Una situación visceral y en mi mente mis párpados caían como si fuesen de plomo. Pensaba en que tenía unos lábios bonitos y poco más. Pero de repente una idea iluminó mi mente. La diferencia era nuestro signo de identidad, nuestro puñal y nuestro lazo. En ese momento pensé que solo era cuestión de tiempo perdernos en lo infinito del olvido. Pensé en quererla hasta que llegase el momento de amar y ahí, au revoir. Así que la besé y sonreí.


jueves, 17 de enero de 2013

Como un imán, mis manos entre su vestido.

Yo, como cada noche, acababa de llegar. Ella siempre esperaba sentada, mirando el cielo que desde allí se tornaba naranja, rosáceo. Le colgaban las piernas precipicio abajo. Como siempre, llevaba uno de esos vestidos de muñeca de porcelana y en su corta melena azabache se podían descubrir algunos cabellos que se dejaban acariciar y arrastrar por la brisa que siempre mecía aquellos andamios.

Creo que ni una sola vez la miré sin pensar en la cara de tonta que debía tener, pero yo solo miraba, atónita, curiosa y encantada, a veces ella me sonreía dulcemente como saludo, yo me limitaba a sentarme a su lado y dejar resbalar mis piernas al vacío, solo entonces podía ver aquel gran libro de tapas de cuero marrón y detalles dorados adornando el lomo y tapas que reposaba sobre sus muslos. No mediábamos palabra, nos ceñíamos al guión que establecimos en el primer encuentro. Ella abría el libro y comenzaba a leer, y sé que su voz me hipnotizaba pero no consigo recordar, lo intento pero solo veo el danzar de sus labios bajo los últimos rayos de Sol del día. Yo escuchaba estática su narración hasta que ella concluía cerrando el libro, y como una gota de rocío mi cuerpo se deslizaba por la estructura hasta precipitarse al vacío, entonces los intrusos rayos de luz me despertaban.
Nunca la puse nombre, ni recuerdo sus facciones, se fue de mis sueños y con ella todas las respuestas pero nunca olvidaré la calidez de esas noches que se presentaban como atardeceres.

 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Sentimientos para todo. Miau.


Confía en mí, que te quiero; que si me abrazas, cuando alguna lágrima baila por mi mejilla, se me ensancha el corazón. Puede que la ciudad sea pequeña y se vuelva algo gris cuando entran las noches largas, cuando se atrincheran los momentos de Sol, cuando hace ese frío que te enrojece la nariz y te congela las yemas de los dedos pero tú no dejas de reír, nunca lo haces, siempre te mantienes fuerte porque oye, tú puedes con lo que se te eche y si no, recuerda que yo estoy contigo, que no te diré para siempre pero
sí que mientras tanto serás mi recuerdo favorito, mi pedazo más lleno de vida, mi ocio de la temporada de exámenes y la única tempestad de la que no esperaré la calma. Y es cierto, que para lo que hay que ver, prefiero decirte unas cuantas bobadas y que te rías, que la acción sea recíproca y bajar de las nubes, subirnos a un árbol que es un buen punto medio para mirarlo todo riendo y ser consciente del rompecabezas de cada día. Recuerda que en el fondo te quiero, también a flor de piel, te quiero cuando nieva y cuando me muero de calor, cuando me muero de miedo y cuando me abrazas, te quiero.
Dicho esto, adiós.
Lo siento, fue mi gato.